De golpe, y sin pedir permiso, muchas cosas decidieron cambiar. Cedieron a otras que venían detrás, empujando. Una estructura que no era muy fuerte, se dejó tirar abajo. Para que un nuevo mundo naciera. Para que un pequeño, imperceptible nuevo mundo tomara forma.
Y ahora me toca mirar hacia ningún lugar y hacia todos los lugares a la vez. Buscando un espacio donde agarrarme, mientras todo se desplaza, mientras todo se arremolina. Ver cuál es mi tren entre los millones que se agitan abajo, y luego soltarme, dejarme caer.
Algo es seguro: cualquier tren, cualquier recorrido que elija, no será recto y sin interrupciones. Hace tiempo ya que las personas nos perdimos. Hace tiempo que no valemos lo que vale siquiera la moneda del Norte. Estaremos en esa confusión (que es la vida de cada uno de nosotros, cada milésima de segundo, solapadas como estrellas y galaxias apiñadas en el comienzo del mundo), y no duraremos mucho. Vamos a desaparecer en cualquier momento, por la razón más estúpida, la idea más absurda y el fundamento menos claro.
Vamos a dejar de ser por aquellos que ciegamente nos atropellan, por los que superaron nuestra forma de vivir, se adaptaron mejor a este ojo de la tormenta, y ahora son los Reyes de la Cuadra. Su título de nobleza les va a permitir hacer con nosotros lo que se les antoje. No habrá futuro, manos, perdón, angustias, dolor, nada que frene lo que ya empezó y que, hasta empeorar más, no va a parar.
