Olas azules. Verdes. Blancas. Tostadas. Sienas. Cáscaras de cangrejos mareados por el vaivén. Algas que se adhieren a los tobillos. Lejos, surfers se baten con olas más crecidas, las madres de esta peninsulita. Si el sol no se tapara los colores serían más intensos, pero las nubes hoy achatan el paisaje. El tiempo se estira y se vuelve confuso. La gente es una con el ambiente que la rodea. Abundan los castillos de arena, destinados a perecer en cada embestida del oleaje cuando la marea se decide a subir. Colores primarios predominan la geometría. Lo demás es cielo, mar y arena. El olor a sal, la irrepetible ola que arremete contra las rocas, las barbas elásticas y verdes que nacen de las paredes negruzcas, la espuma espesa, el viento. El paraíso de lo macro a lo micro. El lugar donde las formas se hicieron solas, donde nostros sólo no explicamos en la medida que cumplimos nuestro papel: observar. Sólo miramos, el protagonismo lo dejamos a ese ir y venir del mundo, a la llegada infinita de nuevas corrientes de agua. Y no espero más que eso. Más que estar de la mano, abrazar, y mirar.
No es más o menos justo, osado, arriesgado, prometedor, mirar que hacer cualquier otra cosa. Mirar el mar casi para siempre, o mirar mi pantalla, lejos, casi para siempre. Me quedo con el monitor de infinitas pulgadas, con la sonrisa a un lado, con la piel roja y trizada, con las manos sobre tus manos y el mar hablándonos la lengua que, con el pasar de los días, comienzo a entender.
