Los vas a ver venir. Bajando, cabizbajos, caminando por la ciudad. No muchos. Un puñado triste y gris traspasando el calor del cemento. Algún nieto habrá pensado ayer sobre la vida, sobre el trabajo, sobre el tiempo. Los ves llegar, entrar, con sus ojos llenos de recuerdos húmedos.
Al menos uno de ellos recuerda tan pocas cosas. Tan poco. Vivir tanto para que después recuerden tan poco. Al final, sólo unas pocas situaciones, algunas sonrisas, un poco de helado casero, tardes en el patio de tu casa. Casi es todo. Porque hay cosas que no se recuerdan, se viven, traspasan, se sienten. Pero los recuerdos, ahí, en la Cuarta Sección, no son muchos. Tal vez sea bronca, odio, culpa, lo que llena sus ojos hasta que se rebalsan. Dar todo lo que tenés en vida, y sólo un puñadito de personas viéndote cuando ya no sos, cuando ya es tarde.
La última visita de tus hijos y nietos es en un lugar pequeño, lleno de ornamentos religiosos. Y te ven muy cambiada. Más allá del tiempo, de los días que pasaron sin que te volvieran a ver. Uno de tus nietos trata de pensar en lo injusto. En lo injusto de haber recibido tanto de vos y él no poder darte nada a cambio. ¿Lo ves? Ahora van a ser frases injustas arrinconadas en un cuadradito en el diario. ¿Qué caso tiene? O flores de ocasión desparramadas en un agujero en la pared, porque ya no hay tierra para que reposes. Porque no te van a enterrar, te van a guardar en un primer piso, rodada de nadies.
Entonces es cuando ves que todo lo que fuiste termina en este punto exacto, donde algunos tratan de no mirarte. Y también termina antes. Porque parece que cuando una persona comienza a convertirse en huesos, los demás se alejan. ¿Es justo? ¿Cuál es la medida de lo justo? Desde el momento en que nacemos, todo el tiempo estamos a punto de morirnos. Sortear la muerte hasta donde se pueda. Vivir corriendo hacia adelante, acelerado, para no escuchar los pasos que vienen detrás. O simplemente estar ahí, ocupando un lugar y dejándolo vacío para que otros lo ocupen. Aunque dirán que serás irremplazable. Con lágrimas te van a decir que fuiste especial.
Y no es que no lo hayas sido. Simplemente es que ya es tarde. Tarde para decirte todo. Lo que tu nieto piensa es que no hay remedio ni en el recuerdo. Tus hijos desperdigados, solos, tristes. Resulta que la vida no resulta, a veces. Tu nieto no puede mirar la imagen tuya, porque no sos vos, ¿ves? Es un disfraz, es mármol, es un bosquejo. Después podrá ponerse melancólico, tapar su culpa diciendo que recordar tu sonrisa es recordarte eternamente. ¿Pero cuál es el punto? Un par de infelices en un garage, mirando una foto en relieve de lo que alguien casi no fue.
Después será llevarte en manijas por el camino de tierra, por el calor. Será recordar cosas que antes no estaban, hacer foco sobre polvorientas imagenes. Correr por el patio de tierra, lleno de plantas y mariposas gigantes. Será mirar nombres en las piedras y no reconocer ninguno. Ni siquiera el idioma. Será caminar mareado, pisándose la sombra. Será un auto largo un día de verano hacia un hueco que se privará de luz, hasta que ya nadie sepa quién, por qué, cómo.
Y no es justo. Y es tu nieto el que no sabe. No sabe cómo pedirte disculpas, cómo decirte que te extraña y cómo decirte que agradece todo lo que hiciste, todo lo que fuiste y todo lo que soportaste. Son los pocos que pastan sobre tu imagen los que no saben qué hacer. Son algunos los que repentinamente recobran la cordura y la entereza, los que se transforman en personas por un chispazo de tiempo, y prometen cambiar, vivir la vida de otra forma, ser más, ser mejores, justo cuando el sol declina, justo cuando ya es demasiado tarde.
