Es otra de estas tardes que sin ser 18:17, tienen el calor y el color y claridad de una tarde como tal. Dos horas después nos encuentran en esta isla de temperatura media sobre el mar de llamas que apunta ser este verano.
Dos horas más de las que deberíamos, dos horas adelantadas y lo siento en las mañanas, también en las noches.
De todas formas, no es mucho. No es tanto. Es algo que condimenta apenas, y por un tiempo, la vida de este lado del mundo. El trabajo es un caballo que galopa incansable, y cada vez cuesta más encontrar estos remansos donde puedo acostarme a mirar a ningún lado y teclear lo que mi mente dispare, sin coherencia, sin sentido, casi soñado.
Es como siempre me gusta escribir, apoyar las manos en el teclado y que vuelen libremente. Pienso que la idea de ir repitiendo las palabras que escribo, más el hecho de no escribir tan rápido como pienso y como hablo, me han llevado a hablar más pausado, a ser un poquito más autista en mi vida cotidiana.
Las noches cenando en el parque son maravillosas, aunque sólo duren una hora o dos. La gente, los perros corriendo, las comidas, las sillitas, termos, heladeras portátiles, banquitos, mesas de caño, autos en las orillas, mosquitos y sobre todo pasto y aire, aire y pasto y atrás cercos de árboles que ocultan las lámparas naranja del Gral. San Martín.
Las tardes son mantos de luz y calor, me apaño en bebidas frescas traídas del frigobar de la agencia, me oculto entre cortinas y leo una noticia, otra, una más, no leo mucho, leo encabezados, leo titulares, y sigo mi carrera por internet, sigo pedaleando mientras el mundo corre a miles de kilómetros por hora, y aunque trate, aunque quiera, es una carrera que doy por perdida.