Miré el reloj del celular. La pantalla un poco oscura asomando a los bordes mismos de la oscuridad. 21.10. Iba adelantado. En veinte minutos nos reuníamos, luego de algún que otro paso juntos por aquél lejano, distante y opaco Estudio de Diseño.
Recorrí las veredas un poco cansado. El aire frío me refrescaba, me despertaba como el viento a una fogata moribunda. Caminé algunas cuadras con las manos en los bolsillos, agitando las llaves del nuevo estudio. Miraba un poco las vidrieras, donde la gente detenida prestaba atención a las pantallas verdes de un river 1 / san lorenzo 1.
Acomodé mis pelos en una esquina, dejaba que los taxis se alejaran por el rabillo de mis ojos, veía las luces de "libre", la gente caminando, las baldosas meterse en la noche, penetrar pacientemente la oscuridad y tratar sin embargo, de mantener el camino recto hacia la próxima cuadra.
Un mar de noche, mi rumbo hacia Capri, mis piernas deslizando el aire hacia los costados, avanzando, mis jeans pegándose un poco a la piel, retrocediendo ante el frío y la fricción de caminar con las piernas más o menos juntas.
Entré a una cabina telefónica. Marqué un par de números, hice dos llamados, uno respondió, pagué y me retiré, tranquilo, paseando casi en esa cuadra que me separaba de mi punto de encuentro.
Desde la vidriera de Capri pude divisar las mesitas del interior. Los mozos entrados en años que no dejan de moverse bajo una oculta melodía, un desfile de pizzas, copas de cerveza espumosa, sillitas, cubiertos, mesas cuadradas, cuchillos largos golpeando la masa crocante, aceitunas rodando entre el queso, las personas sentadas, masticando, hablando, tragando, señalando, gesticulando mientras las pizzas calientes se desplazan desde el horno hacia cualquier mesa.
En unas mesitas cuadradas, dos profesores de la facultad junto a otras dos personas.
Profesores: Dhelez y Ruggiero, uno dueño de la cátedra de Dibujo a Mano Alzada I y II, el otro, emperador de Diseño Gráfico 2.
Ahí mismo tuve visiones, recuerdos de días de facultad, de los abrigos, las personas envueltas en lana, las manos rayando, las tizas pastel manchando todas las mesas (tablones, puertas con caballetes que hacían las veces de mesas de trabajo), las clases de diseño, la tensión, las "manualidades".
Luego, para asentar el recuerdo un poco más, llegaron Pepo y Veggiani, ambos compañeros de vida, un período de vida extraño, pero imborrable, impagable.
Hablamos bastante de diseño, reconozco en Seba la voz de quien sabe mucho, en Pepo el cansancio de quien baja la cabeza ante las ideas bizarras y los caprichos de los clientes. Hablamos de pasado, presente y un "tal vez" con dejo a futuro. Comimos una "capri" y media, tomamos cerveza, reímos un rato y abandonamos el lugar.
Me sentí viejo y joven, me sentí profesional e inexperto, pero sobre todo me sentí bien.
