Sunday, April 20, 2008

Dancing Monkeys (sacá el simio que hay en vos)

Tratar de ir a un boliche (no, no trataba, pero a los que me acompañaban les pareció que sí, que mejor ir, y no me opuse, porque no pagaría un peso, todo gratis), encontrarme con que son las 2.15 en Mendoza y los boliches cierran sus puertas a las 2.13 y acelerar, una carrera estúpida contra el tiempo, sobre todo en esas circunstancias, en esos parámetros de apuesta, que si llegamos, que si no, que vamos y un par de kilómetros antes se produce un embotellamiento de vehículos, se frena la marcha, algunos vehículos avanzan por el polvo y la tierra al costado de la ruta, jóvenes con sweaters rayados y camisas planchadas corren por ahí también, despeinados, agitados, apurados, y otros automóviles tratan de torcer, de hacer una "U" y volver, porque ya son y 25 y faltan varios kilómetros de esperas y música mezclada saliendo de entre los motores calientes, filtrándose por el parabrisas mal cerrado, para que el pucho lo sacudan en el aire, lejos del tapizado.

Tratar de calcular la cantidad de personas, de jóvenes en vehículos que tratan de llegar por el único posible camino, preguntándose por qué este embotellamiento, bebiendo, embotellando sus propios vehículos, encandilados por los faros, dejando arriba, quietas, muertas, apagadas, a las estrellas que a puñados se muestran lejos de la ciudad.

Se avanza, y a veces parece que se retrocede, o que el tiempo vuelve, gira en "U", se va y nos deja abandonados en ese caminito de luz artificial y ronroneo de motores. Se va a las y 32 y no se sabe con certeza si es posible entrar o no entrar a algún boliche, cualquiera sea, pero ya.
El alcohol, pero sobre todo sus efectos, comienzan a menguar y la gente se pone nerviosa, se avanza realmente poco. A eso de las y 45, se visualiza el problema, la raíz y causa del embotellamiento: tres policías parando vehículos, parando todos los vehículos de todas las personas que van a bailar. A las 2.30. A la hora en que, minuto más y no se puede ingresar, y todo el viaje, toda la previa de alcohol en Arístides ya no vale un ápice.

And then, of course, a medida que uno se arrima a los galpones rebalsados de luces y música, a.k.a. boliches, se ve cómo la gente manipula sus aparatos de cuatro ruedas para ubicarlos donde sea, donde se pueda. Apiñarlos todo lo posible, bajar corriendo de los vehículos y rogar a los guardianes del templo que por favor, por favor, los deje entrar. Que por favor les den la oportunidad de reventarse la cabeza con "Vodka Nacional" y que por favor no los dejen perderse de molestar a las novias de desconocidos, apurar a ebrios, empujar al que se cruce y balbucear, escupir alcohol barato y salpicar la noche de risotadas, cabezazos, codazos, pasos ridículos y simiescos tratos entre sus pares. Porque, digámoslo, el boliche es el zoológico donde se nos permite exhibirnos como simios (no importa que para ello tengamos que pagar $50, total, vivimos en dólares sólo los fines de semana por la noche), mostrar nuestras torpezas, exhibir nuestros más ridículos deseos. El boliche es la Time Capsule donde sacamos a relucir el Neanderthal que vive en nosotros, hoy.

Alguna vez leí que los Lemmings eran roedores que, para controlar la población, se arrojaban al vacío. Descubrí al tiempo que no era cierto (lo de los roedores sí), pero aprendí que lo que sí hace todo buen Lemming es emigrar en pequeños grupos a otras zonas, donde ocupan un nuevo lugar, y así controlan el aumento de población. Deberíamos comenzar a utilizar la técnica lemming, sobre todo la parte que no es cierta.