Si hubiera un océano a un par de metros, estas podrían ser vacaciones. Podría llamarle verano a este puñado de días calurosos, soleados, nublados, húmedos.
Si estos jeans se transformaran en un short de baño, mi camisa en bronceador y el piso en arena caliente, entonces me sentiría afortunado, descansado. Si el monitor fuera una ventana hacia el infinito azul del Oeste, tal vez podría descansar mis ojos y su necesidad muscular de permanecer en el completo paralelismo de enfoque.
Las palomas del balcón: gaviotas.
Los autos: gordos o carritos con helados o gordos empujando carritos de helados o lanchas o esquíes acuáticos.
Las personas de calle Gral. Paz: turistas en bikini (no importa si hombres o mujeres, bikinis para todos).
Los árboles: sombrillas, o nubes bajas, u olas de tsunamis.
Los edificios: creo que serían departamentos a alquilar, cruzando la calle, frente al mar.
Y yo: sería yo, pero ese yo disfrazado de descanso, paz y mente en blanco.
Pero, el único océano posible es el de trabajos pendientes, que rebotan, van, vienen, rebotan, una y otra vez en mi mente.
