Sé que no se sentía del todo bien.
EL corazón le aflojaba a veces y pasaba largos ratos rodeado de guardapolvos.
A veces, tubos translúcidos lo amarraban a la cama, y tal vez lo llegaban a pegar a esta otra vida.
Sé que le gustaban mucho los asados. Los preparaba él. Para sus amigos. Para sus familiares. Por las noches o en las entrañas del mediodía.
Sé que viajó a San Luis un fin de semana con sus amigos. El cielo era claro. Las sierras verdes emanaban ese perfume suave que se ondea con las caricias del aire.
Sé (pero no lo ví) que al llegar a ese lugar, puso su primer paso fuera del auto, levantó la cabeza, cerró los ojos, sonrió y se dedicó a respirar. Recordó un momento las bocanadas de humo que ya no iban a pasar más por sus pulmones.
Ahora era aire libre, ahora era otro asado, esta vez pollo sin sal para él.
Bajaron a un río, llevaban una parrilla negra poblada de costras de grasa y trozos de cuero del lado de abajo. Dijo algo sobre el paisaje. Uno llevaba una guitarra.
Otro, uno de los dos otros, cargaba con una mesita portátil y cuatro sillas. Otro, el que queda, cargaba con un poco de leña y una heladera de plástico roja y blanca.
El fuego ardía, el sol se tapaba entre algunos trozos desparejos de nubes.
La carne, el pollo, se doraron. Las alas del pollo eran puntas crocantes y chamuscadas.
Se sirvió un poco. Un poco más.
Descansaron en las sombras que juntaban unos arbustos. Se hecharon, cantaron algo, tomaron un poco de vino. Uno de los otros estaba muy contento. Los demás también.
Se apartó un poco del grupo. Lo vieron irse con la mirada perdida, con los ojos como dos pelotas de vidrio que miran a todos lados y a ningún lado.
Miró a todos lados y ningún lado. Se reconoció en ese lugar, y se reconoció en una miríada de lugares, los que el tiempo le permitía recordar. Se sentó en su sillón de caño, en el patio de baldosas rojizas, a la sombra de unos parrales. Miró desde el mostrador de su antiguo negocio. Se vio acomodando trozos de carne de muchos asados.
Se vio enfrentado a una guitarra.
Lo encontraron mal sentado en una piedra, a unos largos metros de ahí.
Se quejaba tomándose el pecho. Lo subieron al auto y salieron hacia una clínica. Alguna. Cualquiera.
Sé que pese al dolor todavía sonreía un poco, o al menos, no tenía mala cara.
Los amigos se miraban en ronda. Quiso decir algo y no pudo.
Tal vez hubiera contado el secreto sobre sus asados.
A esa hora, el fuego que permanecía jadeando a orillas del río, se apagó.