EL día de hoy se retuerce frío y pelado. Ni los árboles, ni la idea de los árboles que eran cuando yo los trepaba o los sacudía.
Ni la idea de Yo, el que se muestra por etapas y en lugares fugaces, mi cabeza una vara y cada cosa que toca, ¡plin!, se esfuma. Los tiempos perdidos para la amargura, a un costado. Los tropezones en las veredas, otro.
Fue como a las 9.00 am y las palomas se comían un vómito desparramado por el piso. El frío, los muchachos del hotel que construyen para arriba un torso circular y espejado, y en el diapasón de la ciudad, la estela de una mujer, el perfume del ocio y el pellejo añil de un día abandonado.
Aflojo el paso y las caderas se tambalean un poco, las vueltas de rosca y los pies sonámbulos, las ideas, el trabajo, la tipografía, las curvas vectoriales que se trazan una y otra vez, recortando edificios, autos, personas, como cuando armaba ofertarios de Jumbo y recortaba y pegaba fotos de pésima calidad.
Como cuando llegaba destruído. A cualquier lado. No importaba cuál. Uno "X". Como cuando despertaba en el medio de la noche y los sueños más inverosímiles me abrazaban o simplemente se sentaban cerca mío, a los pies de la cama y me miraban con esos ojos de múltiples sueños batidos y espumantes, con esa mirada de desenfoque gausiano.
Algunos recuerdos me quedan, de señores T y M y G. Algunos ni siquiera me gasto en guardarlos. Tanto tiempo desperdiciado al lado de innombrables seres. Y los pasos largos de furia, las estrías en las piernas y en la cara. La obesidad latente. La sonrisa rectangular. El hilo con el que cosimos nubes y mañanas para guardarlo todo en una sola cosa, una masa inflada y de múltiples texturas, temperaturas y aromas, todo para tratar de decir que la vida era una sola cosa.
Y no fue así.