El ácido corroe las piedras de las acequias. También borronea el asfalto. También circula por las veredas anchas de esta pequeña ciudad encorvada, una ciudad que se apagó casi antes de encenderse y que ahora descansa sosteniendose sobre la espalda fría de este atardecer de sombras largas y tirantes.
Wilson, el negruzco, se asoma por el ventanal mugriento de la librería. Roger se apoya sobre la herrumbre de su balcón de tercer piso agrietado y mira más allá de los árboles despellejados. Mira hacia el invierno de las montañas azules y mastica una galleta de agua punteada en su diagonal para dividir en dos, una mitad exacta para el almuerzo, otra para la cena.
Wilson se despereza y mira los ríos amarillentos de ácido que obstruyen el paso y abren nuevas estrías sobre la calle. La basura se amontona en cada esquina y aún en puertas de casas cerradas eternamentes. El pibe de enfrente (nunca supimos su nombre) espía detrás de una cortina de lienzo, totalmente arrugada. Somos cinco o seis en la cuadra, y la mugre de la ciudad nos sobra para desarrollar nuevos y grandes tumores, malformaciones y aflicciones a nuestros órganos sensibles.
Wilson tiene un ojo caído y su pulgar tiene el tamaño de una naranja. Roger (el primo canadiense) se arrastra con sus pies hinchados como dos panes mohosos, y los deditos agrietados con pequeños salpicones de zarpullidos y costras. Sus botas ya no le entran. Sus piernas cansadas mueven un pie, otro, en cámara lenta por sus pisos de madera putrefacta.
Wilson prende un cigarrillo amarillento. El pibe de enfrente lo mira descolocado. Son las seis de la tarde y sentimos el sonido de otro árbol seco cayendo, en otra cuadra, lejos. Wilson es negro y sus costillas descansan sobre sus codos. Todavía espera el camión. Los demás ya nos acostumbramos a dejar esa idea en el baúl.
Roger se rasca la panza con sus uñas largas y negras, buscando los agujeritos de su camiseta. El sol comienza a esconderse entre las montañas. Los tobillos del pibe de la ventana se ven violáceos. Por las noches pasa frío. Todos pasamos frío. Y hambre.
Nos morimos en cuotas diarias. Wilson se ve apagado, y Roger es una luz intermitente al final del túnel. Primero son nuestros pasos cuando el sol se levanta, y después son los mismos pasos hacia las camas improvisadas, una vez que dejamos de mirar por las ventanas, de esperar la ayuda que pensamos no debe tardar en llegar.
Saturday, May 19, 2007
Friday, May 18, 2007
Monday, May 07, 2007
Ya ni mis brazos pueden sostener mi cabeza. La columna se me retuerce con oleadas de calor interno. Dolor invisible. Una sopa en la cacerolita azul, salpicada de óxido.
Una lata de algo en la mesada. El ex-paso de las cucarachas. Su éxodo, la búsqueda de sitios más oscuros y trascendentes. O soy yo que me voy y me arman el circo.
Los garantes, los acreedores, los inmobiliarios que nos azotan cada vez que decimos: pero...
Y entonces es el pasado a caballo y los cascos los que me machacan la espalda. Como a mis abuelos de polvo...como a mi madre apostada en la cocina, eternamente.
Si no sonrío no me despeino, y soy como uno de esos monumentos abandonados, pero sin la majestuosidad, sin el carisma, sin el mármol.
Una lata de algo en la mesada. El ex-paso de las cucarachas. Su éxodo, la búsqueda de sitios más oscuros y trascendentes. O soy yo que me voy y me arman el circo.
Los garantes, los acreedores, los inmobiliarios que nos azotan cada vez que decimos: pero...
Y entonces es el pasado a caballo y los cascos los que me machacan la espalda. Como a mis abuelos de polvo...como a mi madre apostada en la cocina, eternamente.
Si no sonrío no me despeino, y soy como uno de esos monumentos abandonados, pero sin la majestuosidad, sin el carisma, sin el mármol.
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